1.9.16

You are the truth not I

Me dan ataques de pánico y ansiedad que solo puedo calmar escribiendo. Vengo aquí como último recurso en un arranque de sinceridad y nervios, sin saber a ciencia cierta lo que estoy diciendo pero sabiendo que, sea lo que sea y como sea, es verdad.
"Yo mataré monstruos por ti", pero en vez de matarlos me los he ido quedando a escondidas y ahora no queda espacio en mi habitación para esconderlos a todos. No puedo evitarlos por mucho más tiempo, ya no. Dudo entre devolver los monstruos a su lugar original o cederles el poco espacio que tenía reservado para mí misma y que vivan tranquilos. Han ido viviendo su vida a costa de la mía y ahora no sé si soy yo o soy ellos. 
Disfruta el show.

21.2.16

Premio Cervantes: Discurso de Miguel Delibes.

Sin palabras. Miguel Delibes es, quizá, el escritor español con el que más me identifico. O que mejor recuerdos me trae. Al leer esto, se me ha caído el mundo encima. Palabras sabias y duras del que entrega una vida a la literatura. En estas palarbas he visto mi espejo.


"Heme aquí, en esta histórica ciudad de Alcalá de Henares, tratando de decir unas palabras, trescientos setenta y ocho años después de que don Miguel de Cervantes Saavedra, nacido en ella, dijera discretamente la última suya antes de enmudecer para siempre. ¿Para siempre? El simple hecho de que hoy nos reunamos aquí, en esta prestigiosa Universidad, para honrar su memoria, demuestra lo contrario, esto es que don Miguel de Cervantes Saavedra no ha enmudecido, que su palabra sigue viva a través del tiempo, de acuerdo con el anhelo de inmortalidad que mueve la mano y el corazón del artista.
Con motivo de la concesión de este premio, se han vertido en los papeles lisonjas y gentilezas que, aunque de una manera vaga, trataban de emparentar mi obra o mi persona con las de don Miguel, atribuyéndome cualidades que como la tolerancia, la piedad, la comprensión pueden ser indicativas de nobleza de carácter, pero no ciertamente manifestaciones de talento creador. El gran alcalaíno es único e inimitable y a quienes hemos venido siglos más tarde a ejercer este noble oficio de las letras apenas nos queda otra cosa que proclamar su alto magisterio, el honor de compartir la misma lengua y el deber irrenunciable de velar por ella.
Hay personas que no comprenden que yo sienta al recibir este Premio Cervantes por "una vida entregada" a la literatura, un poso de melancolía, cuando, bien mirado, no creo que pueda ser de otra manera. Entregada a la literatura o no, la vida que se me dio es una vida "ya" vivida y, en consecuencia, el premio, con un reconocimiento a la labor desarrollada, envuelve un agradecimiento por los servicios prestados que no es otra cosa que una honorable jubilación. Cuando Cecilio Rubes, hombre de negocios y protagonista de mi novela Mi idolatrado hijo Sisí habla en una ocasión de la edad de su contable dice: "Si yo tuviera setenta años me moriría del susto". Y he aquí que esta frase que escribí cuando yo contaba treinta y dos y veía ante mí una vida inacabable, se ha hecho realidad de pronto y hoy debo reconocer que ya tengo la misma edad que el contable de Cecilio Rubes. ¿Cómo ha sido esto posible? Sencillamente porque si la vida siempre es breve, tratándose de un narrador, es decir de un creador de otras vidas, se abrevia todavía más, ya que éste antes que su personal aventura, se enajena para vivir las de sus personajes. Encarnado en unos entes ficticios, con fugaces descensos de las nubes, transcurre la existencia del narrador inventándose otros "yos", de forma que cuando medita o escribe, está abstraído, desconectado de la realidad. Y no sólo cuando medita o escribe. Cuando pasea, cuando conversa, incluso cuando duerme, el novelista no se piensa ni se sueña a sí mismo; está desdoblado "en otros seres" actuando por ellos.
¿Cuántas veces el novelista, traspuesto en fecundo y lúcido duermevela, no habrá resuelto una escena, una compleja situación de su novela? Tendrá entonces que producirse en la vida particular del narrador una emoción muy fuerte (el nacimiento de un hijo, la enfermedad o la muerte de un ser querido) para que este estado de enajenación cese, al menos circunstancialmente.
Pero esos otros seres que el creador crea son seres inexistentes, de pura invención, mas el escritor se esfuerza por hacerlos parecer reales. De ahí que mientras dura el proceso de gestación y redacción de una novela, el narrador procura identificarse con ellos, no abandonarlos un solo instante. El problema del creador en ese momento es hacerlos pasar por vivos a los ojos del lector y de ahí su desazón por identificarse con ellos. En una palabra, el desdoblamiento del narrador le conduce a asumir unas vidas distintas a la suya pero lo hace con tanta unción, que su verdadera existencia se diluye y deja en cierta medida de tener sentido para él.
La imaginación del novelista debe ser tan dúctil como para poder intuir lo que hubiera sido su vida de haber encaminado sus pasos por senderos que en la realidad desdeñó. En cada novela asume papeles diferentes para terminar convirtiéndose en un visionario esquizofrénico. Paso a paso, el novelista va dejando de ser él mismo para irse transformando en otros personajes. Y cuando éstos han adquirido ya relieve y fuerza para vivir por su cuenta, otros entes, llamados a ocupar su puesto en diferentes obras, bullen y alimentan en su interior reclamando protagonismo.
Éste ha sido, al menos, mi caso en tanto que narrador. Pasé la vida disfrazándome de otros, imaginando, ingenuamente, que este juego de máscaras ampliaba mi existencia, facilitaba nuevos horizontes, hacía aquélla más rica y variada. Disfrazarse era el juego mágico del hombre, que se entregaba fruitivamente a la creación sin advertir cuanto de su propia sustancia se le iba en cada desdoblamiento. La vida, en realidad, no se ampliaba con los disfraces, antes al contrario, dejaba de vivirse, se convertía en una entelequia cuya única realidad era el cambio sucesivo de personajes.
Pero este derroche de la propia vida en función de otros, no tenía una compensación en tiempo. Es decir, cuando yo "vivía por otro". Cuando vivía una vida "ajena a la mía", no se me paraba el reloj. El tiempo seguía fluyendo inexorablemente sin yo percatarme. Sentía, sí, el gozo y el dolor de la creación pero era insensible al paso del tiempo. Veía crecer a mi alrededor seres como el Mochuelo, Lorenzo el cazador, el viejo Eloy, El Nini, el señor Cayo, el Azarías, Pacífico Pérez, Gervasio García de la Lastra, seres que "eran yo" en diferentes coyunturas. Nada tan absorbente como la gestación de estos personajes. Ellos iban redondeando sus vidas costa de la mía. Ellos eran los que evolucionaban y, sin embargo, el que cumplía años era yo. Hasta que un buen día al levantar los ojos de las cuartillas y mirarme al espejo me di cuenta de que era un viejo. En buena parte, ellos me habían vivido la vida, me la habían sorbido poco a poco. Mis propios personajes me habían disecado, no quedaba de mí más que una mente enajenada y una apariencia de vida. Mi entidad real se había transmutado en otros, yo había vivido ensimismado, mi auténtica vida se había visto recortada por una vida de ficción. Y cuando quise darme cuenta de este despojo y recuperar lo que era mío, mi espalda se había encorvado ya y el ácido úrico se había instalado en mis articulaciones. Ya no era tiempo. Yo era ya tan viejo como el viejo contable de Cecilio Rubes pero, en contra de lo que temía, no me había muerto del susto por la sencilla razón de que se me había escamoteado el proceso.
Y si las cosas son así, ¿cómo mostrarme insensible al obtener este Premio Cervantes merced a la benevolencia de un jurado de hombres ilustres? ¿Cómo no sentir en este
momento un poso de melancolía? Los amigos me dicen con la mejor voluntad: que conserve usted la cabeza muchos años. ¿Qué cabeza? ¿La mía, la del viejo Eloy, la del señor Cayo, la de Pacífico Pérez, la de Menchu Sotillo? ¿Qué cabeza es la que debo conservar? En cualquier caso en el mundo de la literatura todo es relativo. Hay obras de viejos verdaderamente "admirables" y otras que "no" debieron escribirse nunca. Entonces antes que a conservar la cabeza muchos años a lo que debo aspirar ahora es a conservar la cabeza suficiente para darme cuenta de que estoy perdiendo la cabeza. Y en ese mismo instante frenar, detenerme al borde del abismo y no escribir una letra más.
El arco que se abrió para mí en 1948 al obtener el Premio Nadal, se cierra ahora, en 1994, al recibir de manos de Su Majestad -a quien agradezco profundamente esta deferencia- el Premio Cervantes. En medio quedan unos centenares de seres que yo alenté con interesado desprendimiento. Yo no he sido tanto yo como los personajes que representé en este carnaval literario. Ellos son, pues, en buena parte, mi biografía".

4.2.16

Premio Cervantes: Discurso de Mario Vargas Llosa. "La tentación de lo imposible"

Aquí dejo pequeños fragmentos del discurso que realizó don Mario Vargas Llosa cuando se le entregó el premio Cervantes. Palabras que me han emocionado (lo que reflejo en negrita) y que definen con gran acierto lo que siento yo tantas veces y no puedo expresar.

------------------------------------------------

Toda obra genial es una evidencia y una incógnita. El Quijote como la Odisea, la Commedia o el Hamlet, nos enriquece como seres humanos, mostrándonos que, a través de la creación artística, el hombre puede romper los límites de su condición y alcanzar una forma de inmortalidad; al mismo tiempo nos fulmina, haciéndonos conscientes de nuestra pequeñez, contrastados con el gigante que concibió esa gesta. ¿Cómo pudo perpetrar un deicidio semejante? ¿Cómo fue posible desafiar de ese modo la creación del Creador? Escribiendo la historia del Ingenioso Hidalgo, Cervantes potenció la lengua española a unas alturas que nunca había alcanzado y puso un tope emblemático para quienes escribimos en ella; y renovó el género novelesco, dotándolo de una complejidad y sutileza tan vastas como la ambición, destructora y reconstructora del mundo que lo anima. Desde entonces, todas las novelas se medirían con la marca que ella puso, ni más ni menos que todo el teatro estaría siempre espiando a hurtadillas al de Shakespeare, como piedra de toque.
Que fue y es una gran novela cómica y a la vez muy seria, que ella recrea en un mito sencillo la insoluble dialéctica entre lo real y lo ideal, que a la vez que pulverizaba las novelas de caballerías les rendía un soberbio homenaje, nos lo han explicado los críticos. Pero, han dicho menos que, entre las muchas cosas que es, como todos los grandes paradigmas literarios, el Quijote es también una ficción sobre la ficción, sobre lo que ella es y la manera como opera en la vida, el servicio que presta y los estragos que puede causar. Este tema reaparece en todas las literaturas porque es un tema permanente en la vida de las gentes, y ningún novelista lo ha descrito con tanta perfección, en una historia tan seductora y tan clara, como lo hizo Cervantes, acaso sin siquiera proponérselo ni saber que lo hacía.
Se trata de algo muy simple, en un principio, aunque luego se vuelva complicado. Hombres y mujeres no están contentos con las vidas que viven, que se hallan siempre por debajo de sus anhelos y, como no se resignan a renunciar a esas vidas que no tienen, las viven en sueños; es decir, en los cuentos que se cuentan. La literatura es una rama de ese árbol opulento: la ficción. Ese quehacer, inventarse y contarse historias para soportar mejor la historia que se vive es antiquísimo como el lenguaje y sin duda se practicó desde que las primeras manifestaciones de una comunicación inteligente sustituyeron a los gruñidos y brincos del antropoide, en la caverna primitiva. Allí debieron de escucharse, junto al fuego, las primeras ficciones, en la misma actitud reverencial con que, a lo largo de los milenios y a lo ancho de todas las geografías, las escucharían los niños de boca de las abuelas, las tribus convocadas en los claros del bosque por habladores y chamanes, los vecinos en las plazas de las aldeas cantadas por los cómicos de la legua, y los poderosos en los salones de las cortes y palacios recitadas por los troveros. Con la escritura, la ficción pasó al libro, que fijó lo que hasta entonces era un universo perecible de oralidad. La literatura estabilizó, dio permanencia a los mitos y prototipos cuajados en la ficción: gracias a ella, de un modo misterioso, esa vida alternativa, creada para llenar el abismo entre la realidad y los deseos sobre el cual se columpia la criatura humana, obtuvo derecho de ciudad y los fantasmas de la imaginación pasaron a formar parte de lo vívido, a ser, en palabras de Balzac, la historia privada de las naciones.
Una ficción es un entretenimiento sólo en segunda o tercera instancia, aunque, por supuesto, si también no lo es, ella no es nada. Una ficción es, primero, un acto de rebeldía contra la vida real y, en segundo, un desagravio a quienes desasosiega el vivir en la prisión de un único destino, aquellos a los que solivianta esa "tentación de lo imposible" que, según Lamartine, hizo posible la creación de Los miserables de Victor Hugo, y quieren salir de sus vidas y protagonizar otras, más ricas o más sórdidas, más puras o más terribles, que las que les tocó. Esta manera de explicar la ficción puede parecer truculenta, tratándose de lo que a simple vista no es más que el benigno pasatiempo de un señor que, en la noche, antes de que le vengan los bostezos, perpetra el crimen de Raskálnikov y se duerme, o de la virtuosa señora que toma el té de las cinco cometiendo las travesuras de las damas de Bocaccio sin que se entere su marido. Pero, como nos muestra Alonso Quijano, la ficción es algo más complejo que una manera de no aburrirse: el transitorio alivio de una insatisfacción existencial, un sucedáneo para ese hambre de algo distinto a lo que ya somos y ya tenemos, que, paradójicamente, la ficción aplaca al mismo tiempo que exacerba. Porque esas vidas prestadas que son nuestras gracias a la ficción, en vez de curarnos de nuestros deseos, los aumentan y nos hacen más conscientes de lo poco que somos comparados con esos seres extraordinarios que maquina el fantaseador agazapado en nuestro ser.
La ficción es testimonio y fuente de inconformidad, desacato del mundo tal como es, prueba irrefutable de que la realidad real, la vida vivida, están hechas apenas a la medida de lo que somos, no de lo que quisiéramos ser, y por eso debemos inventar unas distintas. Esa vida ficticia, superpuesta a la otra, sobre todo cuando ella es sobresaliente, como en los tiempos en que Cervantes escribió su epopeya, no es un síntoma de felicidad social, más bien de lo contrario. Y eso me lleva a la segunda conclusión: que la razón de ser de la ficción, no es representar la realidad sino negarla, trasmutándola en una irrealidad que, cuando el novelista domina el arte de la prestidigitación verbal como Cervantes, se nos aparece como la realidad auténtica, cuando en verdad es su antítesis.

Por eso, si todos los seres humanos que recurren a las ficciones tienen por el Quijote una devoción particular, los que dedicamos nuestras vidas a escribirlas, nos sentimos recónditamente afectados por su historia, que simboliza la que emprendemos cada vez que, enfrentados a la página en blanco con la fantasía y las palabras, lo emulamos en el afán de arraigar lo imaginario en lo cotidiano, la ilusión en la acción, el mito en la historia, y encontramos en su aventura aliciente para las nuestras.

17.1.16

David Bowie

Todavía no he recapacitado sobre la muerte de David Bowie. Quizá no me lo he permitido a mí misma, porque estoy en exámenes y sé que si lo pienso voy a entrar en bucle nostálgico que no me va a dejar tranquila. Pero a la vez ya lo estoy haciendo. Mierda.
Ha muerto David Bowie. Como leí por ahí, a lo mejor me duele más porque daba por hecho que era inmortal. No lo entiendo. No puedo explicar qué sentí. Primero fue incredulidad, luego tristeza, luego ansiedad, luego tristeza otra vez, y desde entonces una presión en el pecho. Muchos amigos, y no tan amigos, me mandaron mensajes cuando supieron la noticia, no sé con qué finalidad, pero lo hicieron, para preguntarme qué tal estaba, para apoyarme, para pedirme que les enseñase algo suyo... Y lo agradezco. En cierta manera he hecho que la gente piense en él y le conozca, estoy orgullosa. Pero me daba rabia, no quería que la gente le nombrase, no en ese momento. David Bowie había muerto. (Debo decir que no estoy en una buen momento personal y todo me está afectando más, si se puede, que de costumbre). David Bowie ha muerto, en silencio, rodeado de la gente que lo quería. Y haciendo arte hasta el último momento, despidiéndose del mundo con un disco lleno de metáforas y símbolos que ninguno supimos descifrar, maldito momento. Deberíamos haber sabido por lo que estaba pasando, para que se fuese por la puerta grande, viendo cómo todo el mundo alababa su última y mágica creación. Reinventándose una vez más. Pero eso a él le daba igual. Él solo quería ser él mismo y enseñarnos a ser nosotros mismos. Él quería hacer arte, hacer magia con la música, desarrollar su inteligencia a través de la creación, ponernos a prueba. Y vaya que si lo hizo. Un cáncer letal estaba consumiendo su vida y él decidió encerrarse en un estudio y componer su despedida. Hay personas que necesitan continuamente hacer arte, que son arte. No hacer arte con la vida, hacer de la vida un arte.
Y ahí estaba David Bowie. Muriéndose, entregando su vida al arte hasta su último momento. Y no es justo.
Siento que a más de uno nos ha dejado huérfanos, tampoco es justo que escriba esto porque no era su mayor fan, mucha gente se sentirá mucho más dolida, pero el vacío que siento lo justifica todo.
No os podéis imaginar lo que significa Bowie. Bowie es todo el panorama de la música actual, es el precursor de todo lo que conocemos ahora. Más de la mitad de grupos y artistas que conocemos no existirían si no se hubiesen parado a escuchar, ver o leer a Bowie. Es que, en plenos 70, David Bowie salía a cantar maquillado, disfrazado, con looks andróginos o cualquier cosa que le sirviese para explicar cómo se sentía. Y le daba igual que no fuese lo correcto o que no le gustase a la gente. Era lo que a él le hacía realizarse como persona. Tenía el valor de enfrentarse a todos en un mundo tan complicado como el del rock. En sus propias palabras: "tengo la repulsiva necesidad de ser algo más que humano". Ser normal es aburrido. Él hizo del mundo un lugar seguro para frikis, para outsiders, para la gente que no se sentía agusto en su propia piel. Y a mí se me está poniendo la piel de gallina.
Y desde entonces, desde la desgraciada noticia que ha cambiado la historia de la música, tampoco he podido dejar de pensar en Placebo. Placebo, sin Bowie, no existiría. Y yo, sin Placebo, no existiría. Gracias a él tuvieron la oportunidad de que la gente les esuchuase. Pasaron de ser una banda local a ser los teloneros del Dios Bowie.  Él fue su mentor, el que les enseñó cómo son las andaduras por este mundo. No paro de pensar en cómo estarán, el vacío que sentirán (o no), en si sabrían de su situación o no, en cómo habrán reaccionado.
Desde ese mismo momento tampoco he sido capaz de volver a escuchar a Bowie. No me atrevo. He guardado podcast de programas dedicados a él confiando en que un día podré escucharlos y hacerle mi pequeño homenaje, cuando me sienta preparada. Pero no soy capaz de escuchar nada suyo, ni una canción, ni un vídeo.

Ahora mismo tengo demasiados pensamientos en la cabeza. Y los voy a escribir todos. No aquí, pero necesito hacerlo. Joder.

15.12.15

A veces lo único que me llena es la música. Y llevaba una temporada en la que ni siquiera eso conseguía hacerlo. Me aburría escuchar siempre lo mismo, no descubría ningún grupo que mereciese la pena, no era capaz de dejar acabar ninguna canción porque me angustiaban.
Pero descubrí dos grupos, por puro azar, que han vuelto a estremecerme, a hacerme sentir viva (y vacía a la vez). Jamas imaginé que podría escuchar música tan "hardcore", pero ahora es lo único que hago, y lo único que me gusta. Being as an ocean y Hotel Books. Los dos, además, cristianos. Letras depresivas y deprimentes, pero con una esperanza cristiana al fondo, reclamando al amor como única respuesta al mundo.

August (part two), Hotel books.
https://www.youtube.com/watch?v=hMwPWYpww9I

I’m gonna chisel away at this rock until I get the shape that I want and then I’m gonna continue to chisel it, because that’s what I do when I find myself in a new relationship. Because I remember when this started out as mud mixed with water that turned to clay and I would watch it break and break and look more like the image that I wanted to make. And it’s pathetic I know, but it’s all anyone ever gave. ‘Cause I was born a virgin covered in blood and free of sin, and that’s the exact shape I wanna make when I jump off this bridge. I’m tired of trying to be something that I can’t be, and I’m tired of fighting for something that I can’t see. I’m finding new life in every regret and finding regrets in everything I forget and the second I’m at peace I’m thrown off by my need to make everything complete, ‘cause I’m a sucker for the rule of threes. You hurt me and I hurt you. But when I hurt you, something needed to happen to give me some sort of closure. And I’m sorry for my poor posture. I just can’t stand up straight and take this like a man today, I’m too broken. And there’s so many things I wanna say, If only you will listen. And I’ll put my fingers in the door, so when I close it on you, I’ll hurt a little bit too. Because the only reason I held onto you was because I felt I had nothing left and the deeper I carve into this rock I realize it’s not gonna fit into the shape that I want, so I quit.
Because I’ve always been afraid to fall in love because there’s something about falling, that just doesn’t sound worth it. And I said it before and I’ll say it again, “It was problematic at best, because you beckoned me and you lessened me, And no other love would accommodate my blindfold so easily.” But now I can see.
God, I gave you all of my love, but I can’t see past this hurt. God, I gave you all of my love, so now what do I give to her? I’m terrified, but I’ve never felt so alive.

29.11.15

Sigo sin poder dormir por las pesadillas. No sé cómo puedo pararlo (de forma natural, claro). Me he convencido de que son cosas que no pueden pasar, que no me va a pasar nada parecido. Pero mi mente se complica y se retuerce, haciéndome ver todo muy posible y realista, provocándome miedo a que llegue el día. Pero también a que llegue la noche y tenga que volver a enfrentarme a ellas.
Y no puedo más.

11.11.15



Julien, you are a slow-motion suicide.



9.11.15

No sé

¿Qué quieres que te diga? No tengo nada que decir. De verdad. Me siento vacía. El vacío es la nada, la nada no existe, y de lo que no existe no se puede hablar. Pero a la vez sé que si empezase a hablar no pararía. Bueno, no pararía de pensar, no creo que encontrase las palabras adecuadas, tan solo pensamientos dando vueltas alrededor de mi cerebro.
Lo de siempre.
Vivo a base de ilusiones, de pensar en el futuro y ver las cosas que puedo hacer y que me pueden llenar. Pero en el momento de la verdad llega la desidia, no soy capaz de nada, me puede la vaguería, o la tristeza, o la vergüenza, o qué se yo. Pero nada. Y otra vez a crearme nuevas ilusiones.
Viviendo rápido para no pensar.
Como ahora, aparco mis pensamientos y me pongo a pensar en otra cosa, para no agrandar el bucle.
Y soy idiota.

29.9.15

G. A. B.

Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y el arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua, que se mueve con una cadenciosa majestad, habla a la imaginación, completa sus cuadros y la conduce a su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con su armonía y su hermosura.
Hay otra natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye, y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía.
La primera tiene un valor dado: es la poesía de todo el mundo.
La segunda carece de medida absoluta, adquiere las proporciones de la imaginación que impresiona: puede llamarse la poesía de los poetas.
La primera es una melodía que nace, se desarrolla, acaba y se desvanece.
La segunda es un acorde que se arranca de un arpa, y se quedan las cuerdas vibrando con un zumbido armonioso.
Cuando se concluye aquélla, se dobla la hoja con una suave sonrisa de satisfacción.
Cuando se acaba ésta, se inclina la frente cargada de pensamientos sin nombre.
La una es el fruto divino de la unión del arte y de la fantasía.
La otra es la centella inflamada que brota al choque del sentimiento y la pasión.

19.9.15

perdón por la incoherencia

Algunas veces me pregunto si alguna vez estaré contenta conmigo misma. Me preocupa que si no puedo estar contenta conmigo misma, entonces nadie estará contento conmigo, y eso me hace volverme incluso más paranoica. Es un círculo: inseguridad, desconfianza, timidez. Todo es un círculo que destruye. Me destruye.
Dicen que siga mi corazón, pero si este está hecho pedazos, ¿qué pedazo sigo?
No lo entienden. Vale, está bien. No es fácil para mi explicarlo. No soy vaga, no quiero ocultarlo. Simplemente estoy cansada. No encuentro la motivación para realizarme y aún no sé por qué esto me está pasando a mí.
No puedo ahogar a mis demonios, ya han aprendido a nadar.
He dado por perdidas mis habilidades para socializarme con la gente. (You are getting better. - at hiding it) Sí, siempre estoy ahí, siempre lo estaré. Pero no genero confianza, no hago que la gente esté cómoda conmigo. No provoco que tengan ganas de hablar conmigo, de preguntarme, de hablarme, de invitarme a salir. Solo intento pasar desapercibida, vestirme normal, actuar normal, hablar normal, ser normal. Y a veces lo soy. Abulto. Hago hueco. Es el miedo de que la gente empiece a verme como me veo yo.
No quiero salpicar al resto, quiero huir y dejar al resto en su felicidad. Por eso me alejo, aunque en el fondo esté pidiendo a gritos que alguien me dé una oportunidad. Aunque también sé que le decepcionaré, como hago con todo el mundo.
Está todo hecho pedazos. Sin motivación ni un recuerdo de lo que había antes.
Y entonces llega el profesor de Lenguaje Literario y me hace plantearme todo. Dice ''Nunca me he fiado de la poesía. Sirve para lamer las heridas, pero no las cura, porque ni siquiera las toca." Poco a poco he descubierto que mi mundo no pertenece a esta tierra, no está en cosas de los demás, no en la alegría del resto. "Viéndome falto de amigos vivos, fui a los muertos, caí en leer."